jueves, 17 de junio de 2010

oh antonin !

salve a los malditos !,
a los corruptores del aire 
                        y todas sus consecuencias.
hacedores de heridas mortales a la razón impuesta !
cuerpos invertebrados de miradas torvas,
                      desaforadas.
quistes purulentos, para estados sin mácula.
gloria a los corruptores,
                 y  a los corrompidos
que se niegan a regresar,
a esa parcela
        de seguridad
                 controlada.
 gloria,
hasta la muerte.
melafú

Los enfermos y los médicos
La enfermedad es un estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero decir más cobarde y más mezquino.
     No hay enfermo que no se haya agigantado, no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición, por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté.

     He estado enfermo toda mi vida y no pido más que continuar estándolo,
pues los estados de privación de la vida me han dado siempre mejores indicios
sobre la plétora de mi poder que las creencias pequeño burguesas de que:
     BASTA LA SALUD

     Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque es espantoso.
     Espantoso, espanto, formado de espantoso.

     Curar una enfermedad es criminal
     Significa aplastar la cabeza de un pillete mucho menos codicioso que la vida
     Lo feo con-suena . Lo bello se pudre.

Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína o morfina.
Y es necesario amar el espanto de las fiebres.
la ictericia y su perfidia
mucho más que toda euforia.

Entonces la fiebre, la fiebre ardiente de mi cabeza,
-pues estoy en estado de fiebre ardiente desde hace cincuenta años que tengo de vida-
     me dará
     mi opio,
     -este ser-
    éste
cabeza ardiente que llegaré a ser, opio de la cabeza a los pies.
Pues,
la cocaína es un hueso,
la heroína, un superhombre de hueso.

Ca itrá la sará cafena
Ca itrá la sará cafá

y el opio es esta cueva
esta momificación de sangre cava ,
este residuo de esperma de cueva,
esta excrementación de viejo pillete,
esta desintegración de un viejo agujero,
esta excrementación de un pillete,
minúsculo pillete de ano sepultado,
cuyo nombre es:
mierda, pipí,
Con-ciencia de las enfermedades.
Y, opio de padre a higa,
higa, que a su vez, va de padre a hijo,-
es necesario que su polvillo vuelva a ti
cuando tu sufrir sin lecho sea suficiente.

Por eso considero
que es a mí, enfermo perenne,
a quien corresponde curar a todos los médicos,
-que han nacido médicos por insuficiencia de enfermedad-
y no a médicos ignorantes de mis estados espantosos de enfermo,
imponerme su insulinoterapia,
salvación de un mundo postrado.

Antonin Artaud
Publicado en "Les Quatre Vents", N°8 (1947)
Versión de Aldo Pellegrini

1 comentario:

  1. Salve Melafú! Hermoso texto de Artaud, me llevó a otros tiempos. Algunas cosas están ahí, en algún lugar, esperando o dormidas, no sé, y éstos clásicos como Artaud, como Cage, (que exeden lo estético, lo literario, lo musical), tienen el poder de activarlas.
    En este caso apareció muy vívido el recuerdo de una de tantas noches en mis días de radio en Santa Rosa, en 1990. Me gustaba leer desaforado cuentos que me resultaban desaforados, eran las 11 de la noche, el programa ("El llamado" por la bdc 107) iba hasta después de las 12. En los tramos finales de un cuento de Germán Rozenmacher (creo que "bananas"), una sensación (por definir algo indefinible), empezó a presionarme en el pecho, en el estómago, en las piernas, y me hizo levantar de la mesa del estudio, y terminé el cuento a los gritos. Leo, mi compañero operador en esos tiempos escupió algo de los Residents sobre el final y me díce !que tremendo ese cuento por favor!,... Sabés qué? le digo, me tengo que ir, no sé que pasa pero me tengo que ir, seguí vos como quieras! y agarré la campera y bajé corriendo las escaleras hasta la calle y de allí corriendo hasta la terminal de ómnibus, con una desesperación que me había tomado completamente (y sin merca ni nada de eso eh!). El próximo colectivo que me dejaba en la ruta cerca de mi pueblo, donde vivían mis padres, salía en 20 minutos, pero yo no podía parar, así que me tomé una botella de vino (sin enterarme ni del sabor) mientras tanto, me subí al colectivo en algún momento y en un abrir y cerrar de ojos estaba en la ruta 35, me bajé corriendo, el aire helado del campo me tranquilizó y empezé a recorrer los 10 km hasta la casa de mis viejos, estaba helando pero yo sudaba sin parar, el pueblo estaba desierto a esa hora, llegué y desperté a mis viejos que obviamente se sorprendieron, los abrazé fuerte y muy calmado, no dijeron nada sobre mi olor a vino ni el gesto, nos preparamos unos mates mientras mi viejo sintonizaba una de esas radios am con tangos a la madrugada, charlamos de las cosas de siempre y al rato me fuí a la terminal y me tomé el próximo colectivo a Santa Rosa. Bueno, eso...
    Fabián

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